“La travesía del vidente”

Entrevista realizada a: Mario Mendoza

por: Zoad Humar

“Ahí descubrí que no tenía ni dinero, ni un pasaje de regreso a casa, así que me fui para Israel. Los meses allá fueron muy dolorosos; ese es un país con una terrible guerra. En el año 88 a mí llegada trabajé en los campos de refugiados palestinos, en Ramala. De regreso a Bogotá, en el año 89, voy signado por una perspectiva distintas. Me di cuenta que quería hablar sobre mi ciudad. No había entrado en ese momento ni neoliberalismo ni Mockus, en su primera alcaldía, lo que transformaría completamente a la capital considerada hasta entonces apocalíptica. Los índices de inseguridad eran altísimos. Pablo Escobar empezó a poner bombas, mataron a Galán; y yo me preguntaba ¿Dónde había una literatura que hablara sobre eso?”

- Mario Mendoza -

ZH: Porque no empezamos la entrevista hablando del su formación secundaria. Cómo comenzó a interesarse por la literatura.

MM: Yo estudie en el Refous con Santiago Gamboa, que es escritor de novelas y Ramón Cote que hace poesía. Nosotros teníamos en esa época como maestro de literatura a Eduardo Jaramillo, un gran educador. Con ellos y otras personas se creó un grupo que compartía el gusto por temas y autores de literatura. El hecho de estar en grupo proporciona una vivencia diferente a la de un camino solitario, en el que nos se sabe a dónde ir, o a qué autores leer. La orientación de Eduardo, en este sentido, fue muy importante; él corrigió nuestros primeros textos y comenzó a guiar nuestros talentos... bueno si es que los teníamos. Pero eso nos sirvió para que más adelante eligiéramos las profesiones.

ZH: ¿Cuáles son esos temas y esos autores que crearon un enlace entre ustedes y el gusto por el oficio del escritor?

MM: Casi todos teníamos fascinación por los autores del boom latinoamericano; descubrimos a Cortazar, leímos a García Márquez, a los poetas centroamericanos, a los del Cono Sur, a los brasileños. Encontrarlos en esa época fue una aventura sorprendente... claro que no dejará de serlo más adelante. En ese contexto empecé a trabajar a los 16 o 17 años haciendo cuentos y fragmentos rápidos, en los que narraba imágenes. Pero al salir del colegio tengo un período (en el año 82) en que no se sí estudiar literatura o medicina. Finalmente me decidí por la medicina e hice un primer semestre en la Universidad Nacional. Afortunadamente me di cuenta que lo que yo quería estudiar era literatura; que haber tomado la decisión contraria correspondía a una concesión que le hacía a mí clase social. Una clase media, que sueña con hijos graduados de profesiones respetables; parafernalia para la que no sirvo, lo que me costó salir de mí casa. Empaque una maleta, tomé unos libros y me fui a los 18 o 19 años de edad. Allí comienza un larguísimos peregrinaje por pensiones estudiantiles e inquilinatos.

ZH: ¿Pero habrías podido entrar a estudiar literatura en la Universidad Nacional?.

MM: No, la Nacional en el año 83 tenía sólo filosofía pura. La carrera de literatura se abre aproximadamente en el año 86 o 87, cuando yo estaba terminando de estudiar literatura en la Universidad Javeriana. A principios de los 80 sólo habían dos posibilidades los Andes y la Pontificia. A los Andes no podía entrar por los problemas familiares que tenía. Entonces me fui a la Javeriana.

ZH: ¿El énfasis del programa era en escritura, critica o teoría?

MM: La carrera de literatura era bastante buena, se fomentaba tanto la escritura como la crítica y la creación. Habían talleres en los cuáles escribir no era algo play, ni correspondía a la imagen del seudoartista. Más bien se consideraba un oficio serio, que había que formar, que era posible cultivar, tallar y pulir.

ZH: ¿Cuáles son los recuerdos más gratos de tu vida universitaria?

MM: Yo pienso que lo mejor de esos años fue la sensación de estar en grupo, que es muy agradable porque al salir ensimismamiento, de los exilios espirituales y de los monólogos con uno mismo, te encontrabas a otros a tu alrededor con los que compartías metas, intereses y propósitos. Yo estudié con Gamboa, Enrique Serrano, Juan Carlos Botero, Oscar Torres Duque y Mario Jursich, entre otras tantas personas. Nosotros somos de la misma generación y aunque hemos seguido caminos distintos, nos conocemos desde los primeros años de universidad.

ZH: ¿A qué intereses te refieres y cuáles eran los espacios para compartirlos?

MM: Hablábamos de literatura todos los días, a todas horas, bebíamos cerveza, caminábamos, era como... Yo creo que lo que yo sentí en los años de juventud, y que a veces vuelvo a vivir por momentos, es la sensación de un equipo de ciclismo donde el ganador es lo de menos. Aunque la metáfora no es muy buena porque en el mundo del arte no hay metas y el éxito está entre comillas, ésta me sirve para transmitir la vivencia de esos años de universidad. Cuando alguien estaba fatigado era arrastrado e impulsado por los demás; leía por presiones de sus compañeros; pero cuando uno tenía más potencia se los brindaba a los otros. Yo creo que eso nos hizo grandes en el buen sentido de la palabra, solidarios y con conciencia colectiva. Nos hizo competitivos en el términos estético, o sea competir con compasión no cristiana ni católica sino solidaria con los procesos de los otros.

ZH: ¿Crees que la Javeriana facilita ese tipo de relaciones?.

MM: No en absoluto. Creo que fuimos una generación excepcional. Yo enseñe 11 años en la Javeriana y nunca vi algo similar. Creo que es una generación magnifica que no se ha vuelto a repetir. Lo que no está necesariamente relacionado con el talento, ahora hay personas muy interesantes, creativas y comprometidas. Pero la construcción de equipo, de trabajo comunal, de solidaridad, de dejar de ser el genio incomprendido para sentirnos como un grupo de trabajo que quería dar conjuntamente testimonios de una época no tiene seguidores.

ZH: ¿Y qué pasaba con la misma generación de ustedes pero en la universidad de los Andes?

MM : Nosotros estabamos alejados de la Universidad Nacional y de los Andes aunque tomamos clases con profesores que pertenecían a las otras instituciones como Manuel Hernández. Obviamente sabíamos de una académica distinta pues quienes estudiaban letras en los Andes tenían que asistir a los cursos que dictaban diferentes facultades. Así que ellos estudiaban con ingenieros, administradores y abogados. Nosotros, en cambio, sólo compartíamos con los de literatura. Lo que fue bueno porque ayudó a marcar distancias, confirmar o destruir vocaciones.

ZH: ¿Crees que en la universidad estableciste un perfil de lo que te gusta escribir o contar? O sea ¿comenzaste en esa época a escoger un tema para narrar?

MM: Si, empecé con la novela de viajes y aventuras. Aunque mis lectores me reconoce sobre todo por los temas urbanos. En mi primer libro “La travesía del vidente” hago un homenaje a la novela de aventura sobre del siglo XIX. Allí encuentras historias y relatos de navegantes, marineros extraviados y náufragos. Con ese libro gané un premio nacional de literatura, en el año 95.

ZH: ¿En ese libro intentas destruir la barrera que construimos entre ficción y realidad?

MM: Si, porque me interesa la historia de la aventura; la aventura como la dinámica dónde el ser humano va más allá de sus propios limites. La belleza de una buena novela de aventura radica en que al final el aventurero no tiene nada, excepto la vida, que no es poca cosa. El aventurero al final es dueño de sí, y es ahí dónde radica su legado y su gran fuerza.

ZH: ¿Te sientes un aventurero o desearías serlo?

MM: Después de esa novela yo me fui a hacer un posgrado en España, y en busca de la aventura o, lo que puede llegar a ser lo mismo, buscándome a mí terminé en Israel, en Jordania, en Egipto, navegaría en chalupas, en embarcaciones de vela corta por el Nilo, llegaría a la frontera con Sudan, estaría preso y trabajaría en campos de refugiados. En ese viaje perseguía lo que había leído y escrito.

ZH: Detengámonos en España, ¿A qué fuiste?

MM: Me fui a estudiar con una beca del Instituto de cooperación iberoamericana y de la Fundación Ortega y Gasset. Fue un cambio de academia extraordinario porque estaba un amigo argentino de Cortazar dirigiendo la fundación; y esa escuela argentina es otra cosa. Yo había tenido una formación de la compañía de Jesús que parecía un monasterio del siglo XVII o XVIII, en el cuál se cultivaba el conocimiento alejado de la realidad de la América Latina que nos había criado. La vertiente política y social de la Universidad Javeriana era pobre por no decir inexistente. La escuela argentina en España en cambio era muy politizada, ligada a Cuba, a la reciente revolución nicaragüense, a los grupos de base, a la teología de la liberación brasileña, etc. Y en ese sentido fue extraordinario descubrir el mundo real. Yo llegué a España siendo aún como una especie de monje, metido en un monasterio, en donde habían otro grupo de monjes, con un gran misticismo literario; y me tropecé de pronto con la imagen del Che, de Fidel, de los manifiestos políticos, de Malcom X dando discursos sobre el significado de lo negro. Y eso cambio por completo mí perspectiva sobre la literatura.

ZH: Durante este tiempo escribiste algo.

MM: Seguía trabajando en “La travesía del vidente”, pero comenzaba a sentirme incomodo con ese tipo de literatura que parecía lejana a lo que había experimentado durante mí formación. Mientras estudiaba en la Javeriana vivía en barrios “populares” de Bogotá, en contacto con una población que no tiene accesos a los servicios públicos, marginal y pisoteada por un clasismo aberrante. América Latina, incluyendo a Colombia, es terriblemente clasista. El último informe de Naciones Unidas confirma que es la zona más injusta socialmente, donde la diferencia entre ricos y pobres es enorme. En este continente las persona de clase media, (media alta), no tienen por pareja a individuos del sur de Bogotá, o a una empleada del servicio doméstico, o un chofer de un bus. Eso nunca sucede y si llegará a pasar terminan cargando con todos los estigmas de una clase que no perdona una ofensa a sus tradiciones. Ese tipo de cultura, marcada por el catolicismo, cerrada e injusta no estaba en mí literatura.

Así que comencé a sorprenderme saliendo en España de las cátedras de mis profesores cada vez más politizado. Empecé a ver mí trabajo con la sensación de que había sido escrito en otro planeta. Y eso me generó mucho disgusto. De alguna manera sentí tristeza, furia e indignación, pues parecía una literatura cobarde, endeble, poco arriesgada, temerosa, dubitativa. Y me dije tengo que cambiar.

ZH: ¿Y qué camino marcó esta nueva brújula?

MM: Ahí descubrí que no tenía ni dinero, ni un pasaje de regreso a casa, así que me fui a Israel. Los meses allá fueron muy dolorosos; ese es un país con una guerra terrible. En el año 88 a mí llegada trabajé en los campos de refugiados palestinos, en Ramala. De regreso a Bogotá después de ese viaje, en el año 89, voy signado por una perspectiva distintas. Me di cuenta que quería hablar sobre mi ciudad. No había entrado en ese momento ni neoliberalismo ni Mockus en su primera alcaldía, lo que transformaría completamente a la capital considerada hasta entonces como apocalíptica. Los índices de inseguridad eran altísimos. Pablo Escobar empezó a poner bombas, mataron a Galán; y yo me preguntaba ¿Dónde había una literatura que hablara sobre eso?.

ZH: ¿Qué tipo de literatura escribías o preferías hacer y leer en ese momento?

MM: Urbano total, lo que se llama realismo degradado o sucio. Es un tipo de literatura que baja a la profundidad de una ciudad para contar sobre lugares donde nadie se quiere meter. Es una escritura que trabaja por catarsis, por expurgación y que le ofrece al lector una comunión con las zonas prohibidas. Ese tema no se había trabajado bastante. Habían noticias, visos, pero no una obra compacta en un escritor. Me gustaba “Sin remedio” de Caballero, del año 84, algo de la obra de RH Moreno Duran contenía un poco de realismo degradado y la de Collazos también; pero yo quería otra cosa. Y eso era lo que yo tenía que escribir, mí propio testimonio.

ZH: ¿Y cómo conseguiste tu objetivo?

MM: Primero acepté ser profesor de la Javeriana por un tiempo. Mientras daba clases de pregrado en el día era alumno de la maestría en la tarde. Entretanto me concentré en escribir la novela “La ciudad de los umbrales” donde ponía a Bogotá en el orden del día utilizando filósofos de la escuela de la Sorbona de Paris como Deleuze y Guattari. Bogotá podía ser pensada desde ellos, y esa es la ciudad de los Umbrales.

ZH: ¿Cómo hace un literato para integrar la filosofía a la novela?, ¿Qué le ofreció Deleuze y Guattari a “La ciudad de los umbrales”?.

MM: Un capítulo como “devenir – intenso” mezclan la vida artística y literaria. De hecho Deleuze y Guattari siendo filósofos tienen cientos de referencias literarias en “Mil mesetas”.

ZH: Pero no tienen personajes.

MM: Pero permanentemente hacen alusión a ellos.

ZH: ¿“La ciudad de los umbrales” la escribes recorriendo los barrios y calles de Bogotá o leyéndola sobre la ciudad en diarios, revistas y libros?

MM: Yo ya había recorrido a Bogotá durante el pregrado. Cinco años peregrinando por pensiones del centro, en Egipto y las Cruces, en barrios del sur como el Quiroga, en Chapinero, debajo de la Caracas, en el norte. Iba por todos lados buscando cuartos mientras avanzaba en la carrera. Entonces para mí esa Bogotá no era distante, extraña o rara. No tenía que ir a otro lado para poder narrarla. Lo que yo escribía lo había vivido, era mi gente, mis amigos y amigas; hacían parte de una aventura que fue dolorosa inicialmente pero que con el paso del tiempo se convirtió en un gran aprendizaje que fortaleció mí escritura.

Ahí arranqué con “La ciudad de los umbrales” y luego con una serie de narraciones sobre la calle del cartucho porque no había una novela que hablara sobre ese lugar; sobre los grupos de exterminio o los mal llamados de limpieza social; sobre los recicladores de basura, esa especie de tribus nómadas que vivían en la mitad de la ciudad pero que nos hacían regresar de una manera misteriosa a los albores de una humanidad prehistórica, dónde los hombres hacían fuego debajo de los puentes, estaban con garrotes en las manos, con largas barbas, gruñendo, sin bañarse y vestidos de negro. Me pareció formidable trabajar una novela con esas historias y así fueron surgiendo libros tras libros.

ZH: En una entrevista dices que tu última novela es la mejor, ¿por qué?

MM: Siento que por primera vez en “Cobro de sangre” logro dar una señal de vitalismo, de afirmación de vida, que es algo que no había podido mostrar en los libros anteriores. El hecho de tener una perspectiva poco optimista no significa que yo no sea un vitalista, soy un vitalista que espera lo peor, pero lo soy. Es decir afirmo la vida en el dolor, en el sufrimiento, en la muerte, con todo en contra, pero creo que la vida vale la pena y merece ser vivida por encima de cualquier cosa. Y eso no lo había podido demostrar en mis libros anteriores, en ellos había una perspectiva muy negra y oscura de la realidad. En “Cobro de Sangre” por primera vez uno de los personajes sale de los infiernos, con todo en contra, viejo, canoso, sin amigos, sin hijos, sin mujer, sin un hogar, destrozado, y sin embargo afirma la vida.

ZH: ¿Y piensas seguir en esa misma línea o vas a dirigirte a otro espacio?

MM: Se que debo cerrar después de las próximas dos novelas. Y sospecho que voy a regresar la narrativa de viajes, tengo muchos deseos de escribir algo así, pero aún no lo se.

ZH: ¿Cómo se relacionan los personajes de tus novelas?

MM: Las relaciones que a mí me interesan desarrollar en mis novelas son las que salen mal.

ZH: En una entrevista que te hicieron te declaras como una persona pesimista. ¿Qué piensas de los optimistas?

MM: Creo que para un optimista cualquier cosa que le salga mal lo puede descomponer, volver pedazos. Creo que a los pesimistas nos pasa lo contrario, somos más felices porque estamos preparados para lo peor. Cuando las cosas salen bien nos parece mentiras, y si sale mal... era lo que esperábamos. Yo creo que los optimistas son infelices, viven amargados porque la realidad siempre les lleva la contraria.

ZH: ¿Cuáles son las esperanzas del escritor y cuáles las de sus personajes?.

MM: Hay que diferenciar el autor de los personajes, son dos universos distintos. “Sobre héroes y tumbas” de Sabato no puede confundir con la bibliografía de Sabato, una cosa es el narrador y los personajes y otra el escritor. Yo no tengo esperanzas más allá de mí propia creación. En la vida solo me interesa escribir. Mientras logre eso estoy satisfecho porque no sirvo para nada más. Pero mis personajes son otra cosa, buscan desesperadamente una redención, todos quieren salir del agujero, de los infiernos y casi ninguno lo logra.

ZH: ¿De tus novelas hay algún personajes que te haya cautivado especialmente, del que te hayas enamorado?

MM: Si, en “Satanás” tengo una pasión especial por María, la muchacha burundanguera que se dedica a engañar ejecutivos en la zona rosa. A ella la conocí en la cárcel del buen pastor, a dónde fui a dictar un seminario en los años 90. Después contaría su historia en la novela. A ella me hubiera gustado salvarla, rescatarla, inventarle un mundo mejor en el universo de “Satanás”, pero estaba metida en un carrusel vertiginoso de destrucción y de sangre de dónde no hubo manera de sacarla.

ZH: Cambiando los temas de la literatura por los de la vida cotidiana ¿Cómo es un día corriente en tu vida?

MM: Yo hago ejercicio, necesito practicar algún deporte o mover el cuerpo porque son largas jornadas en el computador o en la biblioteca estudiando, entonces por lo general comienzo la jornada con algo de deporte, o con la bicicleta, o corriendo, jugando Squash, y después cuando descanso el cuerpo continuo con la jornada de trabajo. Leo dos o tres horas, y después estoy entre 7 u 8 horas escribiendo.

ZH: Si fueras tu quién se estuviera entrevistando, ¿Qué te preguntarías, que sería lo que más quisieras responder?

MM: No se. Yo no me pregunto eso. Yo nunca me propongo una sola cosa, que me vean de alguna manera, o que tengan una imagen de mí, ni siquiera por las columnas del periódico.

ZH: Pero digamos que hay una forma en la que te gusta describirte. Yo pienso que cada persona intenta con lo que dice o como viste, etc., decir un poco sobre sí mismo.

MM: A mí me gustaría quizás pensando en eso que los lectores entiendan que detrás de un trabajo como el mío no hay las más mínimas ínfulas de deseos de fama, prestigio, reconocimiento. Si eso llega será bienvenido porque significa disfrutar buenos momentos, o el reconocimiento del público, o que mi obra marque a alguna generación, o que se convierta en un hito de la literatura colombiana. Si eso llegara a pasar lo disfrutaría. Pero me gustaría que los lectores se dieran cuenta que yo no deseo entrar en el podio u Olimpo de los escritores, ni tengo deseos de ser reconocido o traducido. Yo he contemplado la posibilidad de que tal vez la obra no pegue o no taladre en la sociedad como quisiera y hay que estar preparado para eso, hacerse a un lado y seguir escribiendo tranquilo, sin que el deseo de ser reconocido ensucie la visión de la realidad. Entonces tal vez eso si me gustaría, que los lectores comprendieran que en un mundo tan contaminado por el deseo del éxito, de triunfo, de figurar, con un culto al ego tan fuerte, pues yo no aspiro a esa forma de construir y significar el universo.

ZH: Crees que ahora las universidades tienen mayores vínculos políticos con la realidad.

MM: No, en absoluto. La Javeriana nunca ha logrado eso, sigue siendo una torre de marfil, una cúpula, una pecera, alejada de lo que está pasando en Colombia, sin formación política de ninguna clase. Es difícil que los jóvenes de las universidades privadas tengan una formación política y un compromiso con el país, a la mayoría no les interesa, no les preocupa, no tienen formación.

ZH: Cómo lograbas tu en tus clases crear un vinculo entre la universidad y la realidad de Colombia.

MM: Lo intente permanentemente, buscaba dar clases del realismo francés del siglo XIX, un movimiento en que el compromiso político es inherente al mismo acto de escribir, y que más adelante tiene repercusiones en el mundo. Les mostraba romanticismo, realismo, vanguardia. Pero cuando entraba al realismo me demoraba, y les mostraba la actitud beligerante.

ZH: Y finalmente ¿Cómo se llama la novela que escribes ahora?

MM: “La tribu de los hombres invisibles”.

 

 

 

 

 

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