Autor: Zoad Humar
Correo electrónico: zoad_humar@hotmail.com
Fecha Publicación:   14/04/04

 

Un público por construir

El clima poco apropiado de la capital y un espacio público nuevamente invadido, sumado a las condiciones dramáticas de desigualdad económica, producto entre otras cosas de la reproducción de la violencia en la familia, podría sin duda hacer de Bogotá un lugar poco grato para la convivencia.


Sin embargo, el estandarte de la Atena americana con que quisieron rotularla a principios del siglo XX; parece haberle exigido a la sabana el creciente desarrollo de nuevas ofertas culturales. Teatro, cines, bares, festivales, música, conferencias, exposiciones de fotografía y de pintura, son algunas de las actividades con las que la capital le sale al paso a los aguaceros, a la esporádica salida del sol por entre los agujeros del cielo y a una masa de concreto rosado ladrillo donde se enfrentan los balcones y la visibilidad queda truncada.


Bogotá cuenta con centenares de teatros, que desde sus criterios estéticos generan una amplia gama de posibilidades que están atadas a las tablas y a las luces del escenario para llevarse a cabo. La danza, los títeres, el teatro y los performas son algunas de las ofertas que la industria de este género invita a degustar.


En los cines las muestras son variadas. Van desde películas que más bien se asemejan a enlatados y novelas patéticas de un capítulo para pantalla grande; hasta cintas útiles que provocan reflexiones y respuestas creativas en los individuos.


En cuanto a los museos la diversidad también es enorme. Aunque a veces son cuartos de san alejo, atendidos por fósiles humanos poco amables, y sin ningún interés histórico y cultural. Hay otros, en cambio, que dan la sensación de querer ser convertidos en palacios para la recepción de públicos masivos. Estos últimos, unidos a las bibliotecas propician el dinamismo de sus colecciones y de los ciudadanos.


Sin embargo, y aunque algunas de estas ofertas son gratuitas o pueden consumirse a precios amables, la población que vive en Bogotá es verdaderamente pobre culturalmente. El gusto por la transmisión y adquisición de conocimientos es identidad de pocos. Los celos intelectuales, una ausencia de política de estado en este nivel, y la negligencia generalizada de la población puede llegar a hacer de las lluviosas y heladas noches de sabana lo menos importante para llagar a sentirse cómodo habitándola.
Los diálogos posibles de hallar en Bogotá están entre los radicalismos políticos y la farándula. El comportamiento generalizado de la población no soporta las discusiones cómo parte de un proceso de aprendizaje; más bien se inclina por las exigencias de fidelidad promovidas desde las alcobas; así como las invitaciones son siempre para volver a la mesa por un plato suculento o por bebida amarga.


El panorama no podrá ser distinto mientras el estado, los ciudadanos y las empresas privadas de comunicación se acomoden a esta especie de parálisis mental y sigan nutriendo sus nulas exigencias.

 

 

 

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