Autor: Alejandro Cáceres
Correo electrónico: alejandro_caceres@hotmail.com
Fecha Publicación: 09/04/05

 

Una forma colombiana de ver el museo científico del laboratorio Cavendish.

El laboratorio Cavendish de la Universidad de Cambridge es un sitio de gran reconocimiento en el mundo de la ciencia. En este lugar, localizado a las afueras de Cambridge, se lleva a cabo investigación de frontera en física experimental y teórica. La reputación del laboratorio se ha mantenido, desde su fundación en 1874, por su innumerable cantidad de descubrimientos. Como testimonio de estos aportes, en un pasillo, al lado de la biblioteca, se guardan en un museo las reliquias que alguna vez fueron aparatos de última tecnología. Este pequeño museo muestra la marca que el laboratorio le ha dejado a la humanidad. Por ejemplo, se puede ver en un escaparate el primer y único ancestro del televisor: el tubo de rayos catódicos donde J. J. Thomson descubrió el electrón. Este tubo no es más sofisticado que un bombillo de neón, hecho en casa. Cerca de este reposa, en otro armario, el tubo que Rutherford usó para darse cuenta de que el átomo está compuesto de electrones que orbitan alrededor de un núcleo. Más curioso aún es el cilindro metálico, en la esquina, que parece más un tubo de cañería que el instrumento donde se desintegró este núcleo por primera vez. Otro objeto fascinante de la colección es un simple escritorio. En este, Maxwell, el primer profesor del Cavendish, se sentaba largas horas a escribir sus formulas y ecuaciones. Las más celebre de ellas, probablemente escritas por primera vez en ese escritorio, describen todos los fenómenos eléctricos y magnéticos. Estos incluyen desde la propagación de la luz y la formación de átomos hasta el funcionamiento de los electrodomésticos. Al fondo, justo al final del corredor, mas allá de los primeros microscopios electrónicos y las primeras radiografías se encuentra uno de los descubrimientos que le quitan el aliento a cualquiera: El modelo de la vida molecular, el modelo del ADN hecho por Watson y Crick.

Es curioso hablar con los estudiantes que hicieron el pregrado en el laboratorio. Ellos no parecen tener el mismo sentimiento de asombro y admiración por estos instrumentos y modelos que ven pasar todos los días antes de clase. A ellos estos les parece algo normal. Pero para mí tienen un significado diferente. Yo conocí a los personajes y sus descubrimientos desde Colombia, en los libros que estudiaba. Pero al llegar acá, pude confirmar que eran reales. Es como la sensación que da el ver los anillos de saturno por un telescopio y darse cuenta que efectivamente están ahí, que no son producto de la imaginación; es como ver con ojos propios el David de Miguel Ángel. Con este asombro y la inseguridad que significa venir de un sitio tan diferente, empecé mi doctorado en el laboratorio Cavendish.

Hoy que ya terminé mi tesis, vuelvo a mirar el museo y me asombro por su sencillez. Veo mis resultados y mis cálculos y pienso que para mi investigación no necesité más que el uso de un computador portátil. Estos hechos parecerían indicarme que gran parte de los descubrimientos científicos del Cavendish hubieran podido haber sido hechos en cualquier otro sitio. ¿Qué tiene en particular este laboratorio? ¿He cruzado un océano para descubrir, en su pequeño museo, aparatos que bien hubieran podido haber sido hechos en Colombia, y al mismo tiempo darme cuenta que en la misma Universidad Nacional hubiese podido haber hecho mis cálculos? Esto me lleva a pensar: ¿Qué hace falta para que algún día Colombia produzca un museo como el del laboratorio Cavendish? Sobre este punto me gustaría abrir una discusión.

Estas preguntas parecen tener una lógica directa. Los aparatos artesanales del museo y los proyectos de física teórica parecen decir que no existe una razón, por lo menos evidente, por la cual este tipo investigación no se pueda llevar a cabo en Colombia. Pero una opinión sobre el tema sin tomar en cuenta la historia de cómo esos aparatos llegaron ahí sería muy limitada.

Hace algún tiempo encontré un libro en la biblioteca del laboratorio que habla de cómo se originó en Cambridge esta generación de grandes físicos de finales del siglo XIX a principios del XX. El señor Warwick en su libro Masters of Theory (2003) nos explica que esta generación ocurrió gracias a una reforma académica a principios del siglo XIX. La universidad, que antes no era sino la oficina burocrática que le otorgaba a los estudiantes diplomas después de presentar un examen oral, decidió introducir una nueva forma de evaluación.

Antes de la reforma los alumnos estudiaban en colegios que funcionaban como seminarios. Al final de sus estudios, solamente unos pocos eran ordenados eclesiásticamente para hacer parte del colegio y en algunos casos especiales para emprender actividades académicas. Sólo a este nivel era posible dedicarse tiempo completo la investigación en física y matemática. Los alumnos restantes recibían el grado de la universidad que les daba prestigio y estatus social.

La universidad atrajo a muchos estudiantes, por el deseo de ascender socialmente por medio de un título. Bajo esta demanda, la universidad vio la oportunidad de introducir las matemáticas en un novedoso examen escrito que fomentaba la competencia. A los estudiantes se les ponía una serie de pruebas que debían realizar en un tiempo determinado. De esta forma la universidad no solo otorgaba el grado sino que también calificaba a los estudiantes, dándole una medalla a los más destacados. Los colegios entraron también en la competencia proporcionando maestros con la función de entrenar a sus alumnos para el examen. Evidentemente los estudiantes mejor calificados serían los alumnos de los profesores que diseñaban las pruebas.

Posteriormente la universidad decidió crear las clases magistrales, en donde los alumnos de cualquier colegio podían enterarse de los temas que el examen trataría. Como las clases no eran suficientes, notas y ejercicios circulaban clandestinamente. Los estudiantes recurrían a cualquier medio posible para obtener una medalla, inclusive recurrían a tutorías privadas. Con el transcurso del tiempo las clases magistrales se ajustaron más a los exámenes, al trasmitir el conocimiento mediante el método de problemas y soluciones, siendo este un método que ha influenciado hasta hoy el aprendizaje y la forma de escribir artículos científicos.

En este ambiente competitivo se originó una mentalidad y sed de triunfo que fue impulsada con actividades deportivas como las carreras de botes a remo. Las tradicionales carreras entre Oxford y Cambridge son un reflejo de esto. No es de sorprenderse que inclusive la visión de Darwin de una naturaleza que selecciona individuos de especies en permanente competencia haya surgido de este ambiente académico. Al fundarse el laboratorio Cavendish al final del siglo XIX, existía entonces ya una disposición hacia el trabajo y estudio competitivo. Fue el mismo Maxwell quien insistió en hacer el laboratorio un centro de experimentación y construcción de aparatos de medidas. Como dice Warwick en su libro, Maxwell decidió traer la industria y su revolución a la universidad. La misma revolución que movía los motores del gran imperio Británico convirtió al laboratorio en una máquina de hacer premios Nóbel, que hasta el momento son trece.

Ante este contexto histórico consideremos la pregunta de lo que hace falta en Colombia para tener un museo como el del Cavendish. Los aparatos del museo son la última pieza en un largo y complejo proceso histórico. Si damos un paso en el camino, podemos fácilmente confundir el paso para salir de la casa con el que se corona el Everest. Y si miramos el Everest como un premio, le damos más importancia al último que al primer paso.

Tendemos a darle a una sola persona el mérito por el trabajo de muchos. Virginia Woolf en su libro Room of One's Own nos recuerda que las grandes obras de arte nacen cuando toda una cultura se expresa en la voz de un solo individuo. Así también un gran descubrimiento científico es el producto del trabajo de una simbiosis de gente. Sin embargo, sólo le acreditamos el descubrimiento a la persona que dio ese paso significativo, así como sólo recordamos el paso de Armstrong en la luna.

Del mismo modo, el laboratorio Cavendish es una consecuencia del inmenso trabajo de muchos investigadores de Francia, Alemania, Rusia, Suiza, Dinamarca, etc. Investigadores que por pertenecer a otro país, no los tomamos en cuenta al ver las maravillas del museo. Este laboratorio ha sido desde su fundación un centro internacional que ha reunido destacados científicos del último siglo. Entre su historia podemos ver al ruso Kapitza, al pakistaní Abdu Salam y al estadounidense Watson, todos premios Nóbel. Personalmente yo también presencie la multiculturalidad del laboratorio. Conmigo hicieron su doctorado 20 alumnos en el grupo de Astrofísica donde 10 de ellos eran extranjeros. La investigación en el laboratorio se mantiene por encima de cualquier deseo nacionalista de trabajar por Inglaterra. El laboratorio no es un ente aislado y sus ramificaciones de colaboración se extienden por Europa, Estados Unidos y países de otros continentes.

A pesar de la influencia multicultural, todavía se vive la competencia sobre la cual se fundó esta forma de hacer investigación. El reconocimiento académico esta dado por el número de artículos que un investigador escribe. El prestigio lo determinan ahora los editores de las revistas. Hoy los esfuerzos de la investigación se concentran más en la producción de letra imprenta que en la fabricación de aparatos. Los artículos que describen técnicas y mecanismos son más relevantes que los artefactos en si. De alguna forma la productividad industrial en la ciencia se ha dejado de lado por la eficiencia en la comunicación de nuevos hallazgos. Por lo que el pequeño museo, al no exhibir artículos, ha dejado de representar la dinámica de la investigación actual y ha quedado estático en el tiempo.

Mi pregunta sobre la posibilidad de contar en el futuro de Colombia con un museo científico parecido al del Cavendish pierde sentido. Producir este tipo de museo sería irrelevante porque hoy en día lo importante para ser competitivo es producir artículos en revistas internacionales. Pero aún así podríamos insistir en crear nuestro propio museo si cuestionamos la función de la competencia como fuerza motora que nos motiva a investigar. No hay porque pensar que los valores sobre los cuales se desarrollo el laboratorio Cavendish son universales y necesarios para desarrollar la ciencia en otras culturas. Si estamos de acuerdo con esto entonces aceptamos que es la investigación en sí misma la que nos motiva y, por lo tanto, la idea de hacerla por un país queda de lado.

Si la pregunta carece de sentido, vale interrogarse ahora: ¿Qué motiva tal pregunta? ¿Qué intentamos despertar al concebir algo que pueda ser histórico en nuestro futuro? Imaginémonos entonces que en ese futuro hay un museo como el del laboratorio Cavendish en Colombia. Sin duda un sentimiento de nacionalidad surgiría al verlo. Pensaríamos de pronto que Colombia es un país que le ofrece cosas buenas al mundo, que nombres comunes a nosotros han dejado una huella en la humanidad. Podríamos contar la historia de las neuronas, la malaria o los agujeros negros con apellidos como Sánchez, Quintero o Zuleta. Pero el orgullo nacionalista es peligroso; si bien nos identifica a un grupo o a un país, no nos deja ver lo que hay detrás.

Tal vez si nos fijáramos más detenidamente veríamos algo más allá. Podríamos ver como gente que tiene un enorme talento en Colombia puede explotarlo y trabajar en lo que les gusta. Veríamos que esos Sánchez, Quintero y Zuleta tuvieron la oportunidad de deslumbrarse por el descubrimiento del electrón, preguntarse por mundos planetarios dentro del átomo o simplemente contemplar la doble hélice del ADN.

De pronto al imaginarme ese museo en Colombia busco una nueva ciencia que estimule la creatividad de su gente y que ofrezca a la humanidad otra forma de hacer las cosas; no una ciencia que quiera ser como las de otros países y que investigue lo que a otras gentes les interesa, sino que siguiendo sus propios intereses dialogue con su propia cultura y con culturas vecinas. Me gustaría tal vez ver una ciencia que a nivel individual cuestione la competencia y valore mas la cooperación.

Ahora pienso que una pregunta más adecuada podría ser: ¿Cuál es la forma que Colombia, por su historia y variedad cultural, pueda llegar a hacer una ciencia que involucre sus diversas costumbres y formas de ser? Aunque la física como nuestro idioma lo heredamos de Occidente nosotros tenemos nuestra forma mestiza de usarlos. Por ejemplo nuestros escritores, poetas y compositores han explorado nuestro castellano en tan solo una pequeña parte. Entonces si queremos una ciencia que responda a nuestra cultura, en sus necesidades y en forma de ser, habrá que entender nuestras motivaciones y maneras de pensar. En particular, si encontramos la forma de que nuestros estudiantes apliquen su conocimiento desde nuestra habilidad cooperativa y deseo de compartir, podríamos ofrecerle al mundo una novedosa y revolucionaria manera de resolver problemas, hacer descubrimientos y apreciar la naturaleza.

 

 

 

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