Autor: Mario Gonzáles Cuéllar
Correo lectrónico: mario_gonzalez_c@colombia.com
Fecha Publicación: 13/11/05

 

Medellín desde afuera

Así como ya se hizo en estas mismas páginas con una opinión de Alejandro Cáceres enviada desde Londres respecto a Bogotá, la presente constituye una visión muy personal de un bogotano en relación con la actual Medellín.

Si Medellín es vista hoy como una ciudad líder por y para el resto del país conforme lo resalta por su parte Diego Calle en “Por qué creer en Medellín” –ahorrándome de paso palabras respecto a lo bella y digna de emulación, considero eso debido en gran parte, si no totalmente, al legado de sus mayores por los cuales decir “paisa” era un pleonasmo cuando se hablaba a la vez de principios arraigados como el orgullo por su origen “montañero”, la devoción y la característica laboriosidad e iniciativa para hacer microempresa, legado que las nuevas generaciones –quienes precisamente viven y gozan del resultado- sin embargo parecen desestimarlo y hasta relegarlo por considerarlo “parroquiano” (concepto éste al que por cierto se alude en la ya citada opinión de Calle). Lo digo a juzgar por las ideas que he intercambiado en lo que va de este año con algunos de sus exponentes, haciendo la salvedad que puede incidir ahí la estratificación social debido a que se tratan de personas con perfil medio alto y nacidas propiamente en Medellín que no en provincia, y menciono esto porque, en contraste, casualmente el día anterior a escribir estas líneas observé en TeleAntioquia una entrevista con el futbolista Víctor Aristizabal, persona que me despierta gran admiración y simpatía (no sólo en lo deportivo que no es la oportunidad abordar máxime cuando con sus goles nos tiene por ‘hijos' a los equipos de nuestros afectos!) sino porque veo en él al paisa que yo conozco: bueno y fiel a su origen que lejos de negar pone de presente con orgullo a la hora de medir los logros alcanzados.

Es comprensible que las nuevas generaciones paisas quieran dejar huella de su propia personalidad, pero no necesitan hacerlo a costa de la identidad característica, hoy ambivalente pues irónicamente se observa pervivir así sea de manera no reconocida verbigracia a través de ese carácter colonizador que mantienen, por ejemplo llevándolos a emprender las grandes empresas que antes eran “micro”; ora cuando con la mordacidad heredada de sus trovadores se burlan así sea de algo tan propio como la religiosidad de matronas y seminarista (hoy tristemente “en vías de extinción”). Caen muy bien las excepciones a la actual tendencia como ver a Juanes haciendo público reconocimiento al músico popular Octavio Mesa considerándolo uno de sus maestro; sin olvidar que entre los muchos grupos y movimientos nacidos hoy de la criticidad del nuevo paisa, no todos son reaccionarios ante lo tradicional, siendo aquí de resaltar la iniciativa que invita a tomar como opción de vida la virginidad hasta el matrimonio (aunque sea de manera “retroactiva”). Esas son tan sólo dos muestras de que la modernidad, lo cosmopolita de la nueva Medellín no tiene por qué reñir con su origen.

Desde acá veo que Medellín no necesita crear una nueva identidad sino redefinirla (por no decir confirmarla) sino, no sé cómo será su futuro: quizá mejor, quizá no, pero lo cierto es que su presente es envidiable y por eso no se debe olvidar de dónde viene porque “Medellín no comenzó con Fajardo” como bien lo recuerda igualmente el investigador Diego Calle.

 

 

 

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