Los americanos: pobres victimas de las ‘bolas de nieve'
Es increíble que hasta para encontrar una analogía que describa un proceso cuando, después de iniciarse, empieza a absorber lo que está a su alrededor, haciéndose más grande y permitiéndole absorber aún más sea necesario usar un concepto muy poco nativo: el de la bola de nieve que crece imparable a medida que baja por la montaña.
Por estos lados de América se ve poco ese fenómeno natural pero si mucho el fenómeno mental, los americanos estamos perdiendo hasta la noción de que América es realmente el continente al que pertenecemos y no un país ubicado al norte del continente. En ningún texto de geografía se identifica tal país, pero hoy en día parece que ninguno se puede sentir americano, poco a poco hasta esa característica que otorga la ubicación geográfica ha ido desapareciendo, absorbida por la avalancha que viene cayendo por la montaña.
El pueblo americano (específicamente el colombiano) ha permitido y contribuido a la gestación de estas bolas de nieve que a lo largo de décadas se han ido transformando en avalanchas imparables, convirtiéndonos en tristes victimas es estos fenómenos naturales. Es fácil identificar las bolas de nieve, son muchas y están a la vuelta de la esquina, están dentro del profesor universitario y columnista que promueve y sustenta con gran elocuencia un “optimismo moderado” que no es más que una declaración de una visión dominada por las limitaciones; están dentro del ministro de hacienda que se atreve (por que es una atrevimiento) a decir en un foro que “invertir en educación ya no produce mejoras en la calidad de la educación” (¿Qué mejor forma que ocultar la ineficiencia que atribuírselo a un modelo?, bajo ningún escenario, sin importar cuales sean las variables y como se inventen medirlas es posible afirmar alo por el estilo hoy en Colombia); están dentro del leído columnista a quien le encanta generalizar lo negativo (a la vez que muy sutilmente se excluye) en frases como “los colombianos son lo uno o lo otro...”, o que por ejemplo se siente creativo al titular su columna “Cacombia...”, parece que se les olvidó que lo negativo no hay que generalizarlo sino singularizarlo y, de igual modo, lo positivo hay que generalizarlo y no singularizarlo, eso es responsabilidad social, por favor que dejen de incluir a todos en sus atrevidas generalizaciones. Que dejen de alimentar esas bolas de nieve que claramente no generan nada positivo para el entorno inmediato.
Las bolas de nieve están dentro del padre y la madre de familia que desde temprana edad empiezan a bombardearle la cabeza a sus hijos con que el camino es irse del país por que eso es progreso y éxito en la vida, replicando en un ser que no lo merece todos sus complejos y frustraciones, originadas mucho tiempo atrás cuando los colonizadores venían a saquear sin ningún reparo, buscando grandeza en su capacidad de explotación y ultraje, sin muestra alguna de consideración por un entorno al cual no pertenecían, pero nosotros, su descendencia, si pertenecemos y muy a nuestro pesar eso parece habérsenos olvidado. No quedaron en la gran mayoría de estos americanos los valores de comunión y respeto por el entorno y la naturaleza que poseían y poseen los nativos del continente, quedaron en su lugar valores que se cultivan en el robo, la mentira, el irrespeto y el abuso transmitidos por los muy respetables colonizadores. La negativa y destructiva generalización es un grave error, así que por favor reciban disculpas todos en quienes esta clase de fuerzas no se han podido gestar o quienes las han detenido en su debido momento y que son ajenos a su influencia.
Las bolas de nieve están dentro del académico que valida su prestigio y conocimiento en su vinculo con mundos a los que no pertenece y de los que quiere ser parte por que los considera un entorno digno para él. ¿Por qué nuestras universidades siguen mirando hacia fuera con una clara actitud de sumisión injustificable?, ¿Por qué se quejan de que no hay dinero para investigación cuando no escatiman esfuerzos en estimular que los estudiantes colombianos se endeuden o gasten sus ahorros en la compra de ofertas académicas extranjeras? Ahí pueden empezar a buscar los recursos, es simplemente increíble ver como las universidades extranjeras se esfuerzan en captar al estudiante tercermundista y como las locales les hacen inocentemente la venia. ¿Por qué nuestros académicos no se sienten capaces de hacerlo? Cualquiera que haya estudiado en una universidad del llamado primer mundo sabe que pudo aprender exactamente lo mismo localmente, está finalmente pagando, a un precio social, económica y emocionalmente injustificado, por algo que no debería provenir de allí: prestigio. Al cual contribuimos a incrementar injustificada y ciegamente, pobres victimas de otra bola de nieve que se formó en el norte del continente. Los bogotanos no podemos seguir en el mismo juego para que en 100 años, cuando miremos desde el cielo –los que merezcamos habitarlo-, nuestros nietos estén afrontando las mismas tontas condiciones. Eso no está bien. ¿Por qué no estamos ofreciendo nuestros productos académicos a otros países ?¿Por qué no nos están mirando desde afuera como una fuente de prestigio? Eso es lo que se debe responder para empezar a darle forma a nuestras bolas de nieve.
A mi querida universidad de Los Andes le debería dar vergüenza tener que promocionar su doctorado en ingeniería con el “incentivo” de que la mitad se hace por fuera del país.
¿Qué creen que le sucede a un niño que desde sus primeros años es intoxicado por esta clase de entorno? Se convierte en otro gramo de nieve que se suma a lo que fue alguna vez un simple deslizamiento para fortalecer la avalancha que va consumiendo todo lo que hay a su alrededor, eso es lo que tenemos hoy: no solo una sino varias avalanchas, bolas de nieve desmesuradamente grandes que llevan más de medio siglo creciendo, absorbiendo lo que se encuentra a su alrededor. Hay que empezar a pararlas.
Lo interesante no es la existencia de las bolas de nieve, sino la respuesta a la pregunta de qué debe hacer un pueblo en estas condiciones. Respuesta que no es nada difícil: hay que poner a rodar otras bolas de nieve, que crezcan y en un futuro cercano compitan en iguales condiciones con las que otros pusieron a marchar primero, pero que a diferencia de las que existen hoy en día no se caractericen por absorber (por que nuestros valores reales de comunión con el entorno nunca han favorecido la explotación de otros) sino por mantenerse fuertes y generar bienestar realmente público. Bolas de nieve impulsadas por bogotanos y colombianos que en su crecimiento estimulen e impulsen el desarrollo del entorno, que nos acerquen a lo que somos, que refuercen el respeto y la autoestima que se ha negado el americano tercermundista, las que permitan competir y disfrutar de la vida en las mismas ó mejores condiciones de bienestar con que gozan, por ejemplo, otros americanos.
Y las podemos llamar bolas de nieve, por que una cosa es el aprecio, respeto y reconocimiento que debe existir entre las naciones, sobretodo dirigido hacia aquellas que lo merecen por sus logros y otra, muy diferente, el absurdo resentimiento que nace cuando quienes reconocen la grandeza de otra nación (por que son más grandes y en muchas cosas mejores, eso hay que decirlo sin miedo) se sienten a la vez impotentes e incapaces y juegan a las victimas, justificando la defensa de banderas mandadas a recoger y que no llevan a nada bueno. Aquellos que no actúan como resentidos actúan como seres que luchan por pertenecer a lo que no les pertenece y por ser lo que no son, ninguno de los dos casos es deseable.
A nadie le gusta ser más pequeño que otro y muy pocos reconocen de manera sana que hay otros mejores que ellos, el camino no es a través del resentimiento, como tampoco lo es a través de la sumisión o la negación de la identidad (es una lástima que no nieguen el lado indeseable). Es a través del respeto, del reconocimiento, de la relación sana y constructiva con otras culturas, pero la condición necesaria para que eso se de es poner a rodar nuestras bolas de nieve, superando las barreras arraigadas en el consciente de muchos buenos colombianos por tantos años y evitar que se las trasmitan a los que apenas se están formando.
No hay nada más fácil que atribuirle los problemas a grandes fuerzas ocultas, sistemas políticos o modelos económicos, todo lo que sea discurso y aleje las soluciones de decisiones personales no sirve en nuestro querido tercer mundo y solo demuestra su utilidad a la hora de justificar la impotencia de quienes tan hábilmente lo elaboran para esconder su incapacidad y confusión.
Un humilde llamado de atención y una pequeña alerta tardía a aquellos que pueden generar los procesos que estamos necesitamos realmente.