El orgullo del vivo tramposo
Se nos ha confundido la innata capacidad para encontrar soluciones creativas con la capacidad para hacer trampa. No son lo mismo, en lo más mínimo.
El año pasado estuve fuera de la ciudad por unos meses, alrededor de seis, en la encantadora Londres. Un lugar bastante familiar con mi ciudad natal, lo cual debió, definitivamente, haber ayudado a generar la buena impresión que me traje a mi regreso. Estando en esa ciudad inicié una charla con una persona venezolana que conocí, la conversación giró entorno a Chávez, específicamente a cómo percibíamos –en este caso yo, en representación del inconsciente colectivo- el proceso desde el Colombia. Se pasaron por los típicos problemas de los que tanto nos gusta hablar y terminamos con el tema de la corrupción. Aquí fue donde se puso interesente –hagan un esfuerzo y créanme-, así lo fue, por lo menos para mí.
Creí haber encontrado a una persona con una clara fundamentación moral que le daba derecho a hablar (con la propiedad que lo hacía) de todas aquellas personas que corroían nuestros países con sus comportamientos corruptos. Mi recién conocido me enriqueció con el típico discurso contra los corruptos, aquel que deja muy claro como estamos de mal a raíz de sus conocidas prácticas.
Una semana después me lo encontré y, afortunadamente, la charla no fue tan seria, ni con tanto contenido patriótico como la anterior. Pero su mensaje fue bastante importante para mí. Mi conocido –me produce algo de pena clasificarlo como amigo- inició contándome sobre una película que acababa de ver y lo buena que resultó. Todo bastante bien hasta ahora, mi interés y buena imagen sobre la persona se mantenía intacta.
A continuación me miró con cierto brillo en los ojos, recuerdo bastante bien su expresión, y con una leve sonrisa me dijo que era muy fácil “ver una película y entrar a otra función después sin que se dieran cuenta, pagando solo por una entrada”. Me quedé callado, me parecía impresionante que la misma persona que una semana atrás hablaba hasta por los codos del “cáncer de la corrupción” me estuviera diciendo esto ahora. El creía que había logrado algo, estoy seguro que un leve sentimiento de orgullo brotaba de su corazón mientras me contaba sobre su vivacidad.
No le dije nada, de haber sido realmente consecuente con la naturaleza de integridad que me brotaba debí exponerle lo que pensaba, pero preferí no decirle nada, tal vez cometí un pequeño error. Muy cercanos a esto fueron mis pensamientos:
“He aquí este mañoso ser, tan doble de moral, tan fácil de discurso pero tan difícil de obra. Es que el muy bruto no se da cuenta que las boletas son baratas –allí lo eran especialmente- por que solo tienen que contratar a una persona para que controle la entrada a 8 cines! Que si todos fueran “así de vivos” como él, la administración tendría que empezar a contratar más personal (posiblemente encareciendo las boletas), a dificultar y demorar la entrada, y a mirar raro al latinito bonachón que siempre se quiere pasar de listo.” ¿Por qué este ser no se da cuanta de eso? ¿Por qué no es capaz de dejar de lado ese orgullo que le produce la trampa? ¿Por qué es incapaz de pensar como integrante de una comunidad?...
Me habría gustado que el personaje fuera un ciudadano de otro país, pero preferí mantenerme fiel a los hechos. Pudo haber sido de cualquier país, pero entre los suramericanos he visto mucho ese comportamiento.
Es ese “orgullo del tramposo”, esa capacidad de hacer trampa la que hay que eliminar de nuestra cultura. No la confundamos con la capacidad para resolver problemas creativamente, eso es otro asunto muy diferente y de ese sí debemos sentirnos orgullosos.